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Breve Historia del Tango - Parte 6 20/05/2008


Impronta europea

Se supone que la pri­me­­ra remesa de partituras tangueras, se hi­zo en un viaje reali­zado por la fra­ga­ta Sar­miento alrededor del mun­do, en 1905. Co­rres­pondían a la música del tango La Morocha.
En Europa en general y en Francia en par­ticular, los años que van desde 1890 a 1914, marcan el auge de la lla­ma­da belle épo­que.
La clase alta europea en general se dis­tin­guió por el alto estandar de vi­da y un ritmo casi desenfrenado de sa­tis­fac­cio­nes hedonistas. Esto último llevó a una relajamiento de las costumbres y lí­mi­tes permitidos en las vin­cu­la­ciones so­cia­les que iban desde participar en fies­­tas ru­fianescas de los macrós, hasta el con­su­mo de  drogas[1].
La suma de circunstancias ma­teriales y espi­ri­tuales, hicieron de París la capital mundial por antonomasia del re­fi­na­miento social, arte, buen gusto en to­das las ma­nifestaciones cotidianas y por ello, po­der realizar u­na visita o vivir una tem­po­ra­da en esa ciudad, da­ban una pátina de dis­tinguida superioridad.
La clase rica argentina, se hizo la o­bli­ga­ción de visitar o vi­vir en París, para al­can­zar la belleza, cultura, re­finamiento, y la distinción.
Pero cometió el error de con­fun­dir la posesión de riqueza ma­te­rial, como con­di­ción suficiente para adquirir material y es­pi­ritual el am­biente soñado y ambicionado como con­­sagratorio en materia social
E­sos gastos dispensiosos e in­jus­tifi­ca­dos le va­lie­ron el sobre nombre des­pec­tivo de ras­ta­cueros, (ras­taquoure en fran­cés), que se aplicó en general a to­dos los su­d­americanos que lle­vaban un nivel de gas­­tos dispendiosos. pero ca­rentes de contenido cultural, educacional y relaciones so­ciales que eran pro­pios de la clase que for­maba la esencia de la be­lle époque.
La sorpresa de esa clase, fue en­contrar que la ciudad de París, o por lo me­nos el sector  que tenía vida so­cial y nocturna muy agitada en tor­no a ma­nifestaciones exóticas, que iban entre lo ru­fianesco a lo extraño, habían acep­ta­do al tango ar­gen­tino en sus mejores sa­lo­nes familiares y lugares so­ciales de mayor res­petabilidad.
Era bailado, aplaudido y fes­tejado, cuando esa cla­se via­jera adinerada en búsqueda de pres­tigio y dis­tinción, lo despreciaba y conde­naba por ser mú­si­ca y baile de la clase social más baja, tra­ba­jadora en actividades serviles, cuan­do no personificada tan­to en los músicos crea­­dores, como en los in­tér­pretes o bai­la­rines, por hombres y mujeres con cuen­­tas con la jus­ti­cia, que vivían en con­ven­ti­llos o e­ran pros­ti­tutas o rufianes[2]. En esos mo­mentos ha­bía en París, 1902, muchas a­cademias de baile para en­­se­ñar a bailar tan­go -unas 100- con sus res­pec­­ti­vos bai­la­rines que actuaban como maes­tros. Para los parisinos, la cadencia tanguera, te­nía el encanto de lo exótico.
Al mismo tiempo en Buenos Aires las patotas, para divertirse de no­che, lo fueron sa­can­do del suburbio e in­troduciéndolo paulati­na­­men­te en los ba­rrios urbanizados desde las a­fueras al cen­tro.
El año 1912 encuentra a nuestro tango due­ño ab­so­luto de París. Fue para en­tonces que llegaron a la ciu­dad gala mu­chos argentinos dispuestos a oficiar de maes­tros de baile. Entre ellos maestros se destacó Sa­bo­rido, pero co­mo an­tecesores estuvieron los Gobbi y Vi­lloldo.
Esta consagración parisina del tango argen­ti­no lla­mó la atención a muchos de los viajeros y ya de re­greso, se mostraron dis­puestos a re­ver la con­dena ética hacia e­sa música popular.
Paradójicamente el triunfo popular del tan­go en Pa­rís y subsecuentemente en la ma­­yoría de las ca­pi­ta­les europeas, sig­ni­fi­có un cambio en el ritmo. De á­gil, rápido y vivaz, pasó a ser melancólico, lento, me­­­lo­dioso y acompasado, a­cor­de con el estilo de vida or­denado y carente de so­bresaltos o cam­bios bruscos, propios de la clase acomodada.

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[1] Ver Corbin, A., Guerrand, R. H. y Oerrot, M.: Historia de la Vida Privada. So­cie­dad Burguesa. Aspectos concretos de la Vida Privada, t. 8, Edit. Taurus, Bs. As., 1971.

[2] Boulanger, Jacques: Les possédeés, abril 1912, París, 1912. Ha sido reeditado por  la Academia Porteña del Lun­fardo, Bs. As., 1997.

Tangos aceptables

Ya para la fecha del Centenario de Mayo es po­si­ble ha­blar de una se­gun­da gene­ra­ción de tan­gos que arranca su na­cimiento al borde del siglo actual y que se jalona en nombres como Ve­nus (Be­vilac­qua), La Morocha (Saborido), El Ota­rio (Metello), El Choclo (Villoldo), El In­cendio (De Bia­sse), etcétera.
Esta generación de tangos tiene tres nue­vas ca­racterísticas distintivas como son:
1)Sus compositores tiene la con­di­ción de ser en su mayoría músicos le­tra­dos en materia mu­sical, por haber estu­dia­do o aprendido de ma­nera sis­te­mática, mú­sica. Muchos lo hicie­ron con ins­tructo­res po­co idóneos pero su­fi­cientes pa­ra inculcar las no­ciones básicas y e­le­­men­tales. Otros concurrieron a A­ca­de­mias Musicales o Conservatorios. Al­gu­nos de ellos fueron directores de im­por­tan­tes con­juntos o di­­rectores de des­taca­dos centros de en­señanza (C­i­na­glia, Spá­tola, Hargreaves, de A­lar­cón, Ron­callo, et­­cé­tera).
2)Corresponden a la etapa tran­sa­cional entre las mú­sica campesina na­tiva (tango crio­llo), y la urbana, por lo que la mayoría refleja en sus títulos o en sus le­tras ese contenido hí­brido, al no lle­gar a ser el re­fle­jo de las calles, pe­­ro sí de los campos, o por lo menos del su­bur­bio semirural.
3)Los conjuntos musicales que los inter­pre­tan, a­de­más de contar con mú­sicos de acep­ta­ble for­ma­ción musical, tie­nen la característica de la esta­bili­dad laboral, por lo que ya puede ha­blarse de las or­ques­­tas típicas de deter­minado director. Es­to no im­pli­ca la in­mo­vilidad total entre los mú­sicos.
Paralelamente, los llamados maestros clá­sicos de la música seria, como fueron los in­tegrantes de la lla­mada Generación del Cen­te­nario, cuyas fechas de na­­ci­mien­to oscilan  en las dos últimas déca­das del si­g­lo pasado y con producciones que se conocieron en­tre 1910 y 1916, no al­canzaron la difusión popular de un Vi­llol­do ni de un Gobbi[1]. Algunos fueron creadores de tangos importantes como Qué Ti­teo, No Se­ño­ra, Voy torcido o Ger­mai­ne, de Juan J. Castro, Pedro So­fía o Ló­pez Buchardo respectivamente.
También es de hacer notar que en esa segunda ge­neración de tangos inter­vi­nie­ron inmigrantes ra­di­ca­dos y muchos de e­llos vinculados con la vida ar­tística teatral que incorporaron el tango a las piezas del gé­nero chico español o criollo, como fue­ron Fran­cisco Payá, José Carrillero, E­duar­do García La­lan­de o  Gabriel Diez.

Rechazo y aceptación del Tango 

Se argumentó en Buenos Aires que en Europa  se aceptaba el tango por des­conocer los ambientes so­cia­les y los pro­ta­go­nistas que le habían da­do origen.
De todas maneras, esta oposición de o­pi­niones ha de dar lugar a un replanteo por parte de la clase que se le oponía y que lo con­denaba.
El eco llegado a Buenos Aires sobre el é­xito del tan­go en París y en las prin­ci­pa­les capitales de Euro­pa en general, replanteó en  el seno de la clase di­ri­gente el saber dónde y porqué residía la discre­pan­­cia.
El tango para la primera década del siglo pa­sado ha­bía entrado silen­ciosa­men­te en mu­chos hogares de  la llamada clase al­ta porteña.
Haciéndose eco de las inquietudes de un sector de la clase dirigente, el barón An­tonio de Marcchi, invitó al Palais de Glace, a una reu­nión pa­ra co­no­cer la opinión que merecía el tan­go entre los con­currentes invitados. E­sa reu­nión se programó como con­curso de tan­go[2].
Corría el año 1913, y la invitación fue cur­sada a los miem­bros más destacados de la alta so­­cie­dad, pues figu­ra­ban en­tre sus apellidos los Quintana, Santa­ma­ri­na, Ries­tra, Roca, Al­vear, Lezica Al­vear, Anchorena y o­tros del mis­mo nivel e­co­nómico y social.
Los personajes de la fa­rán­du­la, de la mú­sica y del baile, como Sa­bori­do. José Espósito,  Ce­sar Ratti, Olinda Bo­zán y Ovidio Bianquet, el Ca­chafáz, fueron invitados, para brindar tango como música y como baile. Se nom­bró un jurado que se consideró im­par­­cial.

In­te­re­sa destacar que la cla­se alta porteña em­pezó a re­co­nocer que la música y la danza con­denada éti­ca­men­­te, no tenía nada de con­de­na­ble, que ha­bía equivoca­do sus apreciaciones.

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[1] Arizaga, Rodolfo: Enciclopedia de la Música Argentina, p. 22, Edit Fondo Na­cio­nal de las Artes, Bs. As., 1971.

[2] Diario Crítica, 24/11/1913 y ediciones en días si­guien­tes.



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