Grabaciones en discos
Ese remoto origen de la grabación sonora (1807), quedó como tal hasta que en 1877, en que Charles Cross (francés) y Thomas A. Edison (norteamericano) lograron cada uno por su cuenta, grabar y reproducir sonidos en placas (discos).
El aparato perfeccionado fue patentado por Edison en 1898 y se llamó originalmente phonograf, de donde deriva fonógrafo. Con posterioridad se lo llamó gramófomo (voz o sonido grabado).
El tamaño de los discos y sus velocidades variaron, por lo que se agregó un regulador de velocidad a los aparatos reproductores para adecuarlos al gusto del oyente.
La música grabada tuvo mucha aceptación en la clase media y alta, dando lugar a un verdadero auge de casas que vendían discos y aparatos reproductores, llegando a contarse por miles, en muy pocos años. Ese fenómeno se registró también en Buenos Aires, ya sea de las fabricadas en el extranjero, como en Buenos Aires.
Alrededor del año 1895 empezaron a conocerse en nuestro país los primeros cilindros Pathé y Edison, los cuales se podía escuchar únicamente por medio de auriculares, pues era muy débil el sonido que emitían, al contactar la membrana reproductora. Los tenían como una curiosidad en algunas casas de familias pudientes y también algunos negocios del viejo Paseo de Julio, en los locales de tiro al blanco, la mujer gorda o barbuda, donde por diez centavos se ofrecía la novedad al público que hacía cola, aguardando turno para escuchar el sonido producido por el aparato, ya que era una novedad atrayente..
Casi a fines del siglo pasado -tal vez en 1897- llegó el señor Lepage con los primeros fonógrafos a corneta, los cuales servían también para la grabación. Todavía no se había inventado un dispositivo que permitiese la producción y reproducción de cilindros y de discos en gran escala. Por eso, los artistas que tenían que grabar sus interpretaciones, se veían en la obligación de estar continuamente frente al aparato registrador, para satisfacer la demanda del público. ávido de esas novedades.
Los artistas preferidos para las citadas fechas eran Alfredo Gobbi, como ejecutante y Eugenio G. López como recitador. El mismo empresario, para 1900, importó una máquina grabadora de discos, pero de una sola faz o cara utilizable. En ella, Gobbi grabó Gabino el Mayoral, acompañado por su esposa, pasando en muy breve tiempo a grabar tangos, siendo acompañados en esa labor por Ángel Villoldo.
Por la naturaleza de la música y las letras que incluían, las composiciones de fines del siglo pasado y primeros años del presente, los discos de tango grabados tenían un mercado todavía restringido, al no ser muy aceptado por las clase media media ni la alta. Por eso, los discos, casi siempre terminaban en peringundines, trinquetes, prostíbulos, casas de baile o cafés que utilizaban la novedad del fonógrafo para atraer clientela.
Entre los pioneros nacionales corresponde nombrar a José B. Tagini, que fuera propietario de varias productoras de discos, donde grabaron muchos artistas de nuestra música popular, tanto payadores, recitadores como tangueros, y concesionario de empresas norteamericanas.
Le sigue en esta mención Alfredo Améndola, propietario del sello Atlanta, en el que grabaron también payadores como Betiniti o tangueros como Augusto P. Berto, Garrote, para los amigos. Para aumentar la difusión de la música se formó una banda musical del mismo nombre.
La Primera Guerra Mundial no impidió que Améndola registrara la marca Tele-Phone, en la que grabaron desde Canaro hasta Juan Maglio.
Las casas comerciales que vendían discos y aparatos reproductores se multiplicaron desde el centro a los barrios y entre ellas se encuentran la famosa tienda Gath y Chaves y Avelino Cabezas. En los medios, es posible encontrar avisos anunciando las bondades de los aparatos, precios, ventajas de tener en casa las músicas o las voces preferidas y las facilidades de pago que se otorgaban. En esos avisos es posible apreciar algunas diferencias, especialmente en las bocinas. La tienda antes mencionada, ante las posibilidades casi infinitas del mercado consumidor de discos, contrató a Alfredo Gobbi, padre, con su señora, y a Ángel Villoldo para que se instalaran en Londres y luego en París, y así grabar con buena calidad sonora, las composiciones de mayor éxito, en el mercado local.
Paralelamente ingresó al mercado la marca Victor, por intermedio de concesionarios, grabando en Buenos Aires y Montevideo.
Por su parte Carlos D. Nasca, fue el propietario del sello Era. Por su afición a las cosas gauchas, se vestía con chiripá y corralera. Esto hizo que se le llamara el gaucho Relámpago. En su sello han quedado grabadas composiciones de importantes músicos e interpretaciones de principios del siglo presente, a pasar de la corta duración comercial que tuvo.
Continúa en esta ennumeración el sello Pathé (francés), que anunciaba la novedad de no necesitar púas para lograr la reproducción sonora, que en realidad era una viveza publicitaria, pues usaba púas de zafiro de muy larga duración.
La marca Odeón (U.S.A.), también se instaló en Buenos Aires por intermedio del concesionario Max Glücksman. Le corresponde a esta marca el haber grabado interpretaciones de Gardel-Razzano.
Para 1919 la industria inicia su instalación en Argentina al radicarse la marca Odeón Argentina. Esta marca y su connacional Victor, quedaron casi completamente dueñas del mercado a partir de ese año. Desde entonces se contrató a músicos y cantores para que se trasladaran a Estados Unidos a grabar con mayor aporte técnico, en sus centrales, y lograr así mejores reproducciones fonográficas.
El sistema mecánico subsistió hasta 1926 en que se produjo la innovación técnica de grabar por el sistema eléctrico que introdujo la utilización del micrófono.
Se estima, en base a datos ciertos, que la primera grabación eléctrica realizada en Buenos Aires es del 8 de noviembre de 1926, en el sello Odeón. Desde entonces hasta ahora, se han multiplicado los sellos grabadores, con las consiguientes altas y bajas ocasionadas por los vaivenes del comercio y la industria, de la misma manera que se han multiplicado los registros de interpretaciones con la mejora en la calidad y fidelidad de las voces y las músicas, al mejorarse la tecnología usada.
Conjuntos iniciales
La cantidad de músicos que se ganaban la vida brindando música en los lugares recién mencionados, no fueron muchos y tuvieron en común, ser guitarreros, violinistas o flautistas, que se ganaban la vida en ese oficio, o sea, eran profesionales o semi profesionales, que lograban reunir por día hasta dos pesos o algo más, tocando en varios lugares cada tarde o noche, o en ambas, dependiendo de la demanda.
Por eso, sus “repertorios” debían tener un número mínimo de veinte composiciones, para poder cobrar por pieza brindada $ 0,10, pasando el plato o el sombrero, que era la forma de recibir la retribución. No todos los bailarines y oyentes pagaban, por no tener la moneda necesaria.
Al terminar de brindar el repertorio, se dejaba el lugar a otro u otros músicos, para dirigirse a un nuevo local donde se repetían las composiciones del repertorio. Esto se repetía tres o cuatro veces por noche, logrando que al amanecer, se hubieran reunido 2 a 5 pesos.
Cuando en un lugar se presentaban dos o tres músicos, de un mismo instrumento o variados, se presentaba el problema de hacer coincidir los “repertorios” y repartir las funciones de primera y segunda voz. Una vez resueltos esos prolegómenos, se procedió como se ha descripto, hasta que el sol alumbraba las calles.
Poco a poco se fueron dando dos fenómenos paralelos: uno, coincidencias de composiciones, con o sin variantes y el otro, la unión de dos, tres o más músicos, de instrumentos distintos (dos guitarras, o dos violines, una flauta, por ejemplo), quienes coincidían en un número mínimo de composiciones, armando o estructurando al unirse, un repertorio aceptado y reclamado por el público ante el que actuaban.
Esta forma de presentarse y brindar música en forma individual o grupal, se fue dando entre 1870 y 1885. También en este período se fueron afirmando las bases de los pequeños conjuntos (dúos, tríos, cuartetos), que más adelante han de ser lo predominante de una nueva etapa. Esos conjuntos fueron al iniciarse, muy inestables, pues no siempre los músicos coincidían en los repertorios, las horas de reunión para brindar música, y los lugares donde hacerlo.
Es difícil hacer mención completa de los músicos iniciales.. A pesar de ello es posible rescatar los nombres de quienes se destacaron como intérpretes de algunos instrumentos. Por ello se puede indicar como guitarristas a: El Pardo Canevari, El Pardo Emiliano, El Ciego Rosetti, El Ciego Aspiazu, los hermanos Manuel y Fermín Ruiz, Gabino Navas (destacado payador), Gabino Gardiazabal, etcétera.
Como flautista es posible mencionar a Juan Firpo, Francisco Ramos, Lorenzo Capurro, El Crespo Emilio Villelcho y algunos otros menos trascendentes.
Entre los clarinetistas figuran Arturo Gandolfi y Juan Pérez. Es entre los contrabajistas los nombres de Don Vicente, cuyo apellido se ha perdido, y a Andrés Espinosa entre los que hay que mencionar.
Por su parte los pianista más destacados fueron Harold Phillips, Pancho Nicolini, Roncallo, Araujo y otros nombres perdidos e irrecuperables, como la mayoría de los músicos pioneros.
Por su parte los bandoneonistas más destacados y posibles de rescatar del olvido fueron Domingo Santa Cruz, (padre) y Domingo Santa Cruz, (hijo), Pedro Ávila, El Pardo Sebastián Ramos Mejía, Tomás Moore, El Sargento Gil, El Lombardito Máximo, “Cabo”, “Cocó”, Mazzuchelli, Chappe, Zambrano, Solari, Vázquez, Rosendo Mendizabal, El Ciego Ruperto, Ramos, etcétera.