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Dra. Ana Sebastián – El Tango ronda por el mundo…

sexta-feira, 26 de fevereiro de 2010

Dra. Ana SebastiánDra. Ana Sebastián
El tango -¿un fantasma?- tiene su partida de nacimiento perdida hace más de un siglo largo en un lugar del arrabal porteño que ahora ya dejó de ser arrabal. Este fantasma, cuya partida de defunción estuvo a punto de ser firmada y testificada varias veces [ya en 1902 alguien dijo que el tango "estaba muerto"], deambula por el mundo y reaparece con más fuerza cada tanto. El tango, como el ave fénix, sale de nuevo a la luz y a la música. Sale a la poesía y a la investigación. Sale al café – concert y a L ‘Olimpia. Sale a Oxford y a la Sorbonne. Sale de nuevo a la cantina, al café y copa la milonga.

Término de origen africano -deformación fonética de Shángò, el dueño de los membranófonos, los tambores-, luego de que Argentina, a mediados del siglo XIX, se integrara al concierto de las naciones capitaneado por la hegemonía del dominio inglés, el tango empezó como “una forma de hacer” de los negros en el baile. Una forma particular de bailar la habanera, esa danza de moda que el último cuarto del siglo pasado habían traído los marineros andaluces al Río de la Plata. Ese modo de hacer al bailar, ese canyenque, terminó siendo el tango.

Tango que nació, como el porteño, en el patio del conventillo donde las clases altas habían puesto “a las tres fieras en la misma jaula”: el negro, que poco a poco va desapareciendo de la escena étnica argentina, el gaucho, que ya no es el cow-boy de la pampa sino que está reducido a asalariado o desempleado afincado en las orillas de la ciudad que poco a poco se convierte en cosmopolita y el inmigrante europeo con sus nostalgias de lares lejanos.

Para bailar ese tango se hizo especialmente música. Música que se fue modificando, que fue acomodando primero unas coplas (al estilo de la zarzuela) de presentación de personajes ostentosos. El tango fue del patio del conventillo a la esquina, prohibida para las damas, en la que un hombre le enseñaba a otro las astucias de esa danza nueva para que se pudiera florear con las minas en la milonga.

Tango que un día tuvo su historia cotidiana y sus palabras propias, intraducibles casi, las palabras del porteño cuando habla en confianza, en la voz irrepetible de un muchacho que de niño había inmigrado con su madre soltera de Toulousse al barrio del Abasto: el Morocho Carlos Gardel.

La lengua para narrar las historias de amor desolado del porteño, la existencia chiquita de todos los días, la ilusión que se tiene y se pierde y el tiempo que pasa, irretornable, inasible, irrepetible, que nos determina a nosotros mismos en esta vida “y todo, todo es tan fugaz / que es una curda nada más mi confesión.”

Y de ahí para acá, el tango ya no es sólo la bailarina con vestido largo decimonónico o con pollera con tajo al costado y el bailarín de pelo engominado que hacen ochos y luego de una corrida tuercen sus rostros al estilo Rodolfo Valentino y Natasha Rambova. No es más el cantor trajeado de negro, la cantante vestida de gaucho, de varón o envuelta en femeninas gasas. No es sólo la orquesta típica formada de tal o cual manera. No es el rezongo del bandoneón en la cortada.

Nos guste o no, lo escuchemos o no, seamos del arrabal o del centro, no importa profesión, arte o desocupación, ni siquiera las preferencias musicales o sentimentales, el tango nos involucra a todos.

El tango, ese fantasma retornante, es la cultura que nos identifica, nuestro sello, nuestra “manera de hacer” en la vida, nuestra huella digital de la porteñidad.

El tango ronda por el mundo.

En Gantes y en Amsterdam, en Turquía y en París, en Oslo y en Canadá.

¿Cómo no va a rondar por tierras gaúchas o por tierras catarinenses, por Joinville, ciudad inmigrantes y de flores también?

¿Cómo no va a rondar ya no sólo como música, sino aún con las aproximaciones y las distancias de esa lengua que nos dejó palabras comunes como malandros y otarios, como chumbo y tamango?

¿Cómo no va a rondar como esa cultura que nos acerca y nos diferencia a la vez, como esa cultura bajo esa cruz del sur en orsai clavada en el cielo?

El tango ronda…  Ronda y se queda.

© ® Ana Sebastián, 1998.

Adaptado 2009.

http://fugasyvolcanes.blogspot.com