Dra. Ana Sebastián

A UN AÑO DE LA DENOMINACIÓN POR LA UNESCO DEL TANGO

PATRIMONIO INMATERIAL DE LA HUMANIDAD
vaya este texto de Tango, literatura e identidad © ® 2006
en homenaje a la única cultura original que dio esta tierra

NUESTRA DEFINICIÓN EXISTENCIAL

Si ese río no hubiera estado ahí -me pregunto- ese río ancho capaz de hacer naufragar al más osado, de hacer hociquear al más intrépido, ese río barroso capaz de hacer encallar las ilusiones más escondidas, ese río derramado capaz de esperanzar al más desahuciado… Si ese río no hubiese confundido ambiciones, delirios, caprichos, devaneos…
Si esa orilla occidental no hubiera tentado, fatal y patética sirena, a ese veterano de las guerras de Italia acusado para siempre de introducir los males de Venus en lo que sería el Sur del Nuevo Continente…
Si esos aires orilleros más templados que las febriles brisas tropicales y esa tierra plana no le hubieran abierto el apetito de establecerse al así llamado “Primer Adelantado” para luego sumirlo en el desasosiego de volver…
Si esos pocos cristianos que quedaron no se hubieran visto forzados a comer ratas, a tomar caldo de cordones de botines, a engañar el estómago con piezas cadavéricas blancas…
Si el Rey no hubiera mandado a Alonso Cabrera a prenderle fuego a esas ya ruinas desdichadas al borde de la pampa, eso que fue y sería la Ciudad de Santa María de los Buenos Aires…
Si el vasco venido de Paraguay cuarenta y cuatro años más tarde acompañado ya de criollos y de indios mansos no se hubiera empecinado en machacar en la tozudez de su estirpe y hubiera rumbeado para otro viento…
Si ese 11 de junio de 1580 no hubiera tenido la megalomanía o la certeza de planificar esa aldea con berretines de llegar a ser la Reina del Plata mientras marcaba ritualmente una cruz en el suelo mirando ese cielo celeste celeste como el supuesto cielo de Dios…
Si esos españoles que ya se creían los dueños de todo no hubieran intentado vanamente trampear tres veces la suerte para que el Santo Patrono fuera un santo castizo y no ese San Martín de Tours, ese húngaro de Czhombaply que llegó a ser obispo en Francia, que se empeñó en salir tres veces consecutivas como para decir: “Aquí estoy y aquí me quedo, el Patrono de estos lares seré yo y nadie me va a dar vuelta la taba”. Premonición de que esa ciudad estaría destinada no sólo a los españoles, bajo ese otro cielo nocturno fullero con la otra cruz, la del sur…
Si algunos siglos más tarde esa aldea chata y húmeda, ni demasiado caliente, ni demasiado fría, no hubiera recogido a esos negros esclavos, adoradores de Shangó, batidores de parches, retumbadores de nostalgias africanas en el barrio del tambor, celebradores de reuniones por nación de origen para los que la gente decente de la época pediría prohibiciones, a las que años más tarde asistiría un señor que -coincidencia?- haría del color rojo su divisa, su contraseña, ese Restaurador de las Leyes que tuvo también su historia de arraigos y desarraigos…
Si esa ciudad no hubiera tenido una pampa atrás y un puerto adelante para que algunos se enriquecieran a costa de otros y se creyeran más que los otros….
Si, después de años de luchas, de desencuentros y fragores de ideas, de facones, lanzas y bayonetas, algunos no se hubieran propuesto esa reconversión del gaucho en peón o en asalariado, o esa conquista del desierto o esas leyes inmigratorias para atraer “a los muchachos buenos, de buena familia, educados, rubios, si fuera posible, de ojos celestes” para mejorar la raza nacional y popular, aunque entonces no se dijera así…
Si a esos terratenientes que, por un lado, querían hacer de ese Buenos Aires una París del Sur y, por el otro, preferían hablar francés en la estancia y si era posible, vivir propiamente en París, no les hubiera salido el tiro por la culata…
Si hubieran venido sólo duques y condes, ladies y obispos de verdad, cuáqueros y maestras californianas, anglosajonas, no mexicanas, si hubieran venido ésos que se pretendía: alfabetizados, no muertos de hambre, no gente con ideas raras, no perseguidos por la guerra, la desesperanza y la desolación…
Si no hubiera sido como fue que se vinieron esos campesinos ignorantes e intrépidos, esos aventureros sin blanca, esos comuneros luchadores y huelguistas, esos tránsfugas y bohemios que lindaban con la futura atorrantería, esas mujeres que dejaban aldea y familia para venir a probar suerte, a tener mejor vida que la que vivían, a ser lavanderas para otros, sirvientas de segundo rango, madres de futuras costureritas y que, a veces, ellas mismas terminaban en la así llamada “mala vida”…
Si esos pretendidos aristócratas porteños no se hubieron mudado primero del sur al norte ante el horror de la fiebre amarilla y, después, ante el horror de esa mezcla, de esa chusma que se juntaba en el patio del conventillo en los que se hacinaban recién llegados, ex-gauchos y negros postrimeros…
Si hubiese existido ese término o ese concepto o esa situación llamada “segunda generación” que estigmatiza al hijo del inmigrante nacido en el país que no se integra en la sociedad que acogió a sus padres, condenándolo al rencor del ghetto…
Si en el patio del conventillo no se hubiera dado esa integración, ese ir y venir de gente y sentimientos, de músicas y maneras de caminar, de silencios, de vocinglería, de ilusiones perdidas y sueños encontrados, de risas socarronas y nostalgias sollozantes…
Si ese hijo de inmigrantes no hubiera incorporado y transmitido gestos, formas canyengues de andar de los negros, esos aires compadres que lo imbuirían de sí mismo, si ese hijo de inmigrantes no se hubiera sentido intrínseca y definitivamente porteño…
Si ese hijo de inmigrantes no hubiese encontrado el tono staccato para decir sus amores y sus broncas, sus expresiones al revés, sus diminutivos tiernos, su tibia o fría ironía…
Si no hubiese acuñado el vos y el che, esas palabras tan propias sin importar su origen, tan intransferibles que sintetizó ese poeta Pascual Contursi para la cadencia de la voz gardeliana, no importa tampoco el origen…
Si la identidad no fuera como la lengua, como la cultura, nunca acabada, si no fuera como el río de Heráclito, si, a pesar del movimiento y del cambio constantes, no filtrara rasgos que van quedando impresos, sedimentados, cuya sumatoria nos deja esa marca, ese sello, nuestra impronta porteña, la huella que dejaremos…
Si no fuera de ese modo, el tango no sería ese fenómeno original que nos caracteriza y determina, que nos señala y nos personaliza, nuestro signo identificatorio, nuestro puerto cultural más reconocido, nuestra puerta más auténtica al mundo, nuestra identidad y nuestra alteridad, nuestro ser y nuestro no ser, nuestro yo y nuestro nosotros… nuestra definición existencial bajo este cielo celeste celeste, bajo este cielo fullero con la cruz del sur.

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