Breve Historia del Tango 13

El Tango en la década de 1940 – Parte 1

También se la ha llamado con mucha razón la é­po­ca de oro o la de mayor y me­jor esplendor del tan­go, pues en ella coin­ci­dieron y se comple­mentaron mú­sicos, com­posiciones y vocalistas.

En esta década se manifestaron muy claramente los beneficios de los conser­va­torios y aca­demias, so­bre los músicos. No sólo les alfabetizaron mu­si­cal­mente, si­no que les brindaron múltiples recursos pa­­ra producir y ejecutar las músicas im­pre­sas con un acopio de conocimientos téc­nicos que ninguna ge­neración anterior tu­vo. Al mismo tiempo proveyó a las nue­vas camadas, salidas de sus aulas una ca­pa­­cidad de improvisación y de rein­ter­pre­ta­ción de las músicas ya escritas y con­sa­gra­das, que abrían un panorama infinito de posibles variaciones, agre­ga­dos o sín­tesis. La excepción en esta década fue el mú­­sico analfabeto e intuitivo, que hiciera a­ños an­tes, la apertura musical por la que se fue en­cau­zando el tango en gestación.

El soporte de este esplendor musical es­tuvo da­do por la acción de la radio­te­le­fo­nía que de manera dia­ria y constante, po­nía en los ho­gares las músicas y las vo­ces de las prin­cipales agrupaciones mu­si­ca­les. A e­llas le siguieron, en orden de im­portancia, los bai­les realizados en el cen­tro y los ba­rrios, alcan­zando en estos, re­nombre muchos clubes o socie­da­des mu­tuales de co­lectividades extranjeras.

Sin pretender exagerar es posible afir­mar que en el centro de Buenos Aires no ha­­bía cuadra donde no a­brieran sus puer­tas, confiterías, cines, salones, ca­fés, ca­ba­­rets, boites, que no difundieran tangos, con la presentación de las agrupaciones mu­­sicales o por me­dio de propalaciones eléc­­tricas.

Esta última modalidad imperó en mu­chos clubes de­portivos de los barrios y de las ciudades del in­terior, pero debían com­­petir con los que contrataban a con­jun­­tos musicales o solistas vocales.

El nivel de grabaciones lanzadas al mer­­cado por las distintas casas gra­ba­do­ras, supera como pro­medio los tres discos dia­­rios.

En las casas vendedoras de discos, que pro­­li­fe­ra­ban por doquier, era posible que la juventud pasara dos o tres horas escu­chan­do discos, recluidos en las cabinas pre­paradas al efecto. Las molestias que cau­­­saban eran parte del costo del aparato de venta y por ello aceptado y fomentado.

En los cafés o confiterías del centro, era posible ac­ceder a sentarse a una mesa, des­­pués de una es­pera en la vereda o la ca­­lle, interrumpiendo el paso de personas y vehículos.

Así el Nacional o el Café de los An­ge­li­tos, Mar­zo­tto, Ebro Bar, de la calle Co­rrien­tes, Tango Bar o Ger­minal, eran la ci­ta obligada para escuchar y aplau­dir a A­nibal Troilo, Osmar Maderna, Osvaldo Pu­­gliesse, Orlando Goñi, Alfredo de Án­ge­lis, Ho­ra­cio Salgán, Francini-Pontier, o Jo­sé Basso con sus res­pectivos cantores.

Por la noche se podía acudir a los caba­rets como el Chantecler, donde Juan D´Arienzo había sentado sus reales, Ma­ra­­bú, Maipú Pigall, Tabarís, Tibidabo y al­­­gunos otros locales, todos situados en el centro por­teño.

Mientras, en los atardeceres era posible a­cudir las confiterías llamadas Ruca, Ga­león, Novelty, No­bel, Picadilly, Sans Sou­ci, Montecarlo, o a los tres Rich­mond, u­bi­cados en Florida, Esmeralda o Suipa­cha, respectivamente.

Para los que gustaban de los ambientes per­du­larios estaban los locales habilitados en las calles 25 de Mayo, Alem y Re­con­quista, calificados por la Mu­nicipalidad co­mo salones de baile Clase A., B., o C., que eran las categorías entre malos y peo­res. En e­sas calles se destacaban los lo­cales llamados El Ae­roplano, Ocean Dan­cing, Derby Dancing, in­ter­ca­lados con ven­tas de rezagos de ropa, frutos exó­ti­cos, ten­deruchos u hoteles de la más ínfima con­di­ción. A pesar de la categoría de quie­nes los fre­cuen­ta­ban fueron esce­na­rios de conjuntos musicales de muy buena ca­lidad como los de Raúl Kaplún, Rodolfo Biaggi o Al­fre­do Gobbi (h). En plena zona de Re­tiro, a­bría sus puertas el famoso Parque Ja­po­nés que brindaba esparcimiento, juegos, (la Vuelta al Mundo, los Coches Choca­do­res, el tiro al blanco), et­cétera. Le seguía como atracción popular el Pa­be­llón de las Flores, nombre irónico dado por el pú­bli­co, el Salón Lavalle y el Prín­ci­pe Jorge. Subsistían La Casa Suiza, el Salón La Argentina de la calle Ro­dri­guez Pe­ña, ampliando el panorama de posible con­­currencia con el Salón Augusteo, Sa­lón Bom­pland, siguiendo también la tra­di­ción los viejos y pres­tigiosos salones de U­nione e Benevolenza, U­nio­ne e Lavoro, E­ditorial Haynes, editora del Diario El Mun­do.

En este diario era posible consultar los sá­bados, las orquestas de tango y jazz que ac­tuaban en Bue­nos Aires y el Gran Bue­nos Aires, llegando casi siem­pre a 25 los lu­gares donde se podía elegir la orquesta preferida para bai­lar el fin de semana, o los salones que abrían sus puer­tas ofreciendo música de discos, co­mo era la Confitería Salón Azul o el a­ne­­xo de Independiente en Flores, que te­nían que com­petir contra el prestigio que en Caballito aca­pa­raba el Club Ferro Ca­rril Oeste, donde bailar cru­za­do era mo­ti­vo de expulsión.

Esta euforia tanguera hizo que en esta dé­cada va­rias salas teatrales o cines ha­bi­li­taran sus salas, re­ti­raran las butacas, es­pe­cialmente para la cele­bra­ción de los bai­les de carnaval. Quedaban los palcos, el pullman y en algunos barriales de se­gun­do nivel un tercer lugar, llamado galli­ne­ro, que era muy apre­cia­do por las pa­re­jas enamoradas. Los principales tea­tros que introdujeron esta mo­dali­dad fueron el S­mart, el Politeama o cines barriales. En los diarios de época es posible encontrar co­mentarios sobre las cantidades de pú­bli­co con­cu­rrente, p. ej. al Club Co­mu­ni­ca­ciones o al Racing Club, en Avellaneda.

La sociedad de la década de 1950 no fue la misma que la de 1930 o la de 1940. En ella convergieron mu­­chos factores ajenos al tango que re­dundaron so­bre las orquestas, cantores, com­positores, espec­tá­cu­los y lugares de es­par­cimiento, reduciendo la can­­tidad de músicos por orquesta, cerrando lugares y dis­­minuyendo la concurrencia. El proceso po­lítico- so­cial impuso el cumplimiento de mu­chas leyes que es­taban sancionadas pe­ro no se cumplían, prote­giendo al obrero u empleado; a ello hay que agregar el pro­ce­so de inflación desatado, al fracasar la po­lí­ti­ca de estatización y el liberalismo im­puesto por las au­toridades militares que asumieron después de 1955.

A esas condiciones hay que agregar la ac­ción po­licial, que se dedicó a un ver­da­de­ro rastreo de las ma­riposas nocturnas, que animaban las noches de los cabarets y boi­tes, poniendo en aprietos a mu­chos hom­bres que en las razzias, tenían que a­com­pa­ñar a las chicas a las comisarías, don­de eran fichados. Con ello quedaban ex­puestos a problemas fa­miliares que po­dían resultar muy graves o tras­cen­dentes. E­se accionar policial fue uno de los mo­ti­vos que hizo habilitar, en la zona norte del Gran Buenos Ai­­res, especialmente en Vicente López y San Isidro, lo­­ca­les nocturnos que estaban al amparo de las vi­si­tas requisitorias, por regir otra legislación.

Todo ello repercutió en las fuentes la­bo­rales que re­­dujeron las nóminas de em­plea­dos y obreros, ini­cian­­do una etapa de des­pidos, trabajos mal pagos, in­­­cum­plimiento de leyes sociales y laborales que a su vez, influyeron negativamente en los salarios y suel­­dos. Al mismo tiempo, el mercado argentino se vio invadido por mú­sicas extranjeras (centroa­me­ri­ca­nas y de jazz) que a través de las películas fue­ron in­­fluyendo en el gusto del público. Pa­ralelamente las ca­­sas grabadoras lan­zaron a la plaza, las pro­duc­cio­nes de dis­cos conteniendo esas músicas influyendo ne­gativamente en el mer­ca­do del tango. El auge de la música folklórica, entre 1952 y 1954, hizo que las placas vendidas de esta última modalidad habían su­pe­rado o igua­la­do a las grabaciones vendidas de tan­go…………Continua…….

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